Es bueno pensar y
reflexionar sobre la vida, el futuro o los sueños. Es bueno ser conscientes de
lo que queremos conseguir, pero no siempre se puede estar consciente.
Y es que, a veces, lo que
te llevará a vivir grandes momentos se encuentra detrás de una esquina. Y el
problema está en ese camino que hay entre tus pies y esa pared que no deja ver
lo que hay después.
Caminar a ciegas por un
camino lleno de piedras o quedarse parado, acomodado con tus zapatos de moda,
tu teléfono que te mantiene aislado con redes sociales y tu trabajo, que aun
darte asco, te mantiene a flote.
Caminar a ciegas
significa caer, arañarte, clavarte cristales y, sobretodo, miedo. Miedo a lo
que hay más allá, miedo a no saber reaccionar, miedo a no ser lo suficiente.
Por lo tanto, todo son excusas. Ir a ciegas o poder acabar herido, son simples
excusas. La realidad es que no nos atrevemos a hacer las cosas porque no
confiamos en nosotros mismos.
Por eso siempre nos
comparamos con los demás, porque no somos capaces de mirarnos a nosotros y
decir “esta soy yo, vamos a cambiar”. Qué fácil es ver los fallos del otro y
que difícil es reconocer los propios. Olvídate del exterior.
¿Quieres tenerlo fácil?
Okay, quédate donde estás y sobrevive en esta sociedad. Pero si quieres ser
feliz, simplemente, arriesga por ti. Sé capaz de intentarlo, aunque falles.
Porque no existe el fallo. A veces, para ganar tienes que perder primero y el
simple hecho de intentarlo ya conlleva un aprendizaje, una experiencia que
llena más que todos los caprichos del mundo.
Así que con una mirada
segura, afirma que serás una mejor versión de ti mismo y que arriesgarás aun
saber que no hay un destino, sino un vació interrogativo.
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